Aunque los vinos tintos representan el sesenta por ciento del consumo, los blancos no desmerecen en términos de calidad y solera. Chardonnay, moscatel, gewürztraminer y otras variedades de uva blanca figuran entre las más demandadas internacionalmente. En España no hay cepa que haga sombra a la albariño, que como sus principales bodegas (Mar de Frades, Pazo Baión o condes albarei albarino), es autóctona de Galicia.
La uva albariño se cultiva sobre todo en las Rías Baixas y posee un aroma frutal, punto de acidez y frescura en boca inconfundibles. No sorprende que esta variedad haya sido la gran protagonista de las últimas ediciones de los Premios Bacchus y otros certámenes insignes.
Burdeos es el hogar de otra de las cepas de uva blanca más conocidas: la sauvignon blanc, caracterizada por la variedad de sabores en que se presenta: dulzón, afrutado, seco, etcétera. Su capacidad para maridar con pastas, arroces y otros alimentos es muy apreciada entre los amantes del vino.
De época prerromana es la uva fiano, una de las cepas más valoradas de Italia. Se cultiva mayormente en Sicilia y Campania y sobresale por sus notas afrutadas, su fuerte aroma y gran mineralidad. Las botellas de fiano más aclamadas ostentan la DOCG Fiano di Avellino.
Pero los vinicultores españoles, franceses e italianos no tienen el monopolio de los vinos blancos. Alemania, con su gewürztraminer, también se postula como un marco de interés para los entusiastas del esta variedad. Esta cepa, proveniente del Valle del Rin, se diferencia del resto por su ligereza y matices florales y condimentados.
Hablar de Chardonnay es hablar de una cepa archiconocida. Pese a ser oriunda de Borgoña, esta uva se cultiva en rincones tan alejados como Nueva Zelanda. Sus características más notables son un cuerpo ligero y una fuerte acidez. Más dulces y espumosos son los vinos de la uva moscatel, cuyas raíces se remontan al Antiguo Egipto. Es probablemente una de las uvas más estimadas entre la cuenca del Mediterráneo.